lunes, 24 de marzo de 2008

De pedinches, viene viene, marías, similares y conexos...

Parece increíble la desfachatez que alcanzan en ocasiones, las personas que sin el menor dejo de pudor te solicitan (exigen), dinero. El pretexto es lo de menos: para el “taco”, “una ayuda”, la medicina que hace falta, el pasaje de vuelta al pueblo, para el “centro de asistencia a drogadictos” (que siempre he tenido la curiosidad de saber si la ayuda es para rehabilitarse o para comprar más estupefacientes), para dejarte estacionar, por limpiarte el parabrisas del auto (aunque te dejen todo salpicado el resto del vehículo), y ya sin contar con la mano estirada que ya sin argumentar nada, simplemente te dirige la mirada en actitud de mendicidad. Y luego resuta que el que realmente debería pedir dinero es uno, ya que muchas veces ellos tienen más que uno en la bolsa.

El problema viene cuando niegas la asistencia porque entonces, en el menor de los casos te llevas un “que Dios lo bendiga”, cargado de deseo de que sea el mismo satán quien se haga cargo de ti.
Frustrado por la cantidad de voces estirando la mano que te encuentras en cuanto asomas la cabeza de tu casa, acudí a un libro de Xavier Velasco, a quien recordaba haber escrito algo al respecto. Les comparto el texto para que como yo, sientan descargada su conciencia cada vez que nieguen las tan socorridas peticiones-exigencias. Léanlo y verán cuánta razón tiene Xavier al respecto.


Tomado de El Materialismo Histérico. Editorial Alfaguara

Antes que resentir un peso en la conciencia por la omisión de una presunta buena obra que jamás me propuse realizar, me pregunto cómo se atreve usted a confundir a un méndigo con un mendigo. Por más que sea posible ser una y otra cosa al mismo tiempo, distinguimos en éste al que pide caridad, y en aquél, al que sin complejos la niega. No obstante, habiendo en este mundo más mendigos que morralla en nuestros bolsillos, es seguro que hasta el más dadivoso de los mortales habrá de merecer tarde o temprano el sonoro adjetivo: méndigo.

Aún más injustamente, vemos que con frecuencia la franqueza del méndigo es tomada por envidia. ¿Por qué los que no tienen acusan de envidiosos a los que no quieren dar, cuando cualquiera sabe que la envidia no es hija de la tacañería sino de la carencia? ¿No será que los mendigos viven condenados a ser los únicos envidiosos de la historia, mientras que al verdadero méndigo le corresponde sólo la calidad de díscolo?

“¡Hay que compartir!”, rezaba un viejo slogan de Coca-Cola, como queriendo convencernos de comprar más refrescos y poniendo para ello de pretexto una extravagante fraternidad entre méndigos y mendigos. Con lo cual observamos que hasta aquellos que invierten su dinero en quitarnos lo díscolo son a final de cuentas unos méndigos. Puesto que muy dudosamente van a regalarnos sus refrescos, pero insisten en que nosotros regalemos los nuestros. Para que luego, claro, tengamos que comprarles más.

¿Quién es más méndigo: el que invita a repartir lo que no es suyo o el que dice “No, gracias, soy un díscolo con la conciencia limpia”? ¿Qué corrompe más la conciencia y envilece peor el alma, la distraída insolidaridad del insensible o la ambición rayana en ojeriza que le arrebata el sueño al envidioso? ¿No es evidente que el que estira la mano para pedir lo hace a despecho de su dignidad y amor propio, exhibiendo groseramente sus penurias con tal de despertar la generosidad ajena, mientras que quien le niega la caridad por la humana razón de que está juntando sus ahorritos para comprarse un Lamborghini lo hace sinceramente, y hasta diríase, con el corazón en la mano?

Pero no crea que todo esto se lo digo con el ánimo de contradecir sus loables sentimientos filantrópicos. Por experiencia sé que es más fácil resistirse al chantaje taimado de la publicidad que al impulso franquísimo de, por ejemplo, socorrer con billetes y calor humano a una desamparada bailarina de mesa. O sea que quien es díscolo con una mano tiende a ser generoso con la otra. Que lo diga, si no, la esposa desdichada que solloza a solas porque su cónyuge es neón de la calle y pajuela del hogar. Es decir que la luz la reparte en otras partes, y quién sabe si no en diversos hogares, lo cual podrá hacer de él cualquier cosa, mas no un díscolo absoluto, pues de sobra sabemos que los absolutismos difícilmente aceptan la diversidad. Vea, si todavía duda de mis palabras, a esa mujer piadosa que sale de su casa con la frente muy alta porque sus donativos a la iglesia son constantes y cuantiosos. Ahora pregúntele a su cocinera cuándo fue la última vez que la méndiga vieja le subió el sueldo.

Se ha dicho que los ricos son los primeros méndigos, y esto en alguna proporción debe ser cierto. No obstante vea usted, si es que puede, cómo dejan los platos los acaudalados. ¿No es verdad que allí queda la mitad o la totalidad de las espinacas y las papas, que el rechoncho filete raras veces se lo acaban, que a la cocina vuelven panes y tortillas apenas mordisqueados, manoseados o apetecidos? Veamos, en cambio, los restos de la comida de un mendigo: ni siquiera las ratas, animales pobrísimos, hallarán las migajas necesarias para engañar al hambre, pues he aquí que el mendigo se ha encargado de no dejar allí ni su saliva. Dirá usted, con razón, que esto no acusa en el mendigo la existencia de un méndigo, sino en todo caso la supervivencia de un muerto de hambre. Pero yo le respondo, con el seguro apoyo de las ratas, que una cosa no niega la otra: uno puede ser díscolo porque no quiere dar o porque apenas tiene para darse a sí mismo. ¿Ya ve lo que le digo? Méndigos somos todos, la diferencia es pura propaganda.

Seguramente usted, como profesional de la mendicidad, se ha dado cuenta que mi ropa es de marca. Y ya habrá calculado el precio de mi coche. Y hasta se otorgará el gusto malsano de soñar que por una noche duerme en mi casa, rodeado de sirvientes, mesalinas y otros juguetes de alta tecnología. Sin ser yo quién para despertarlo de tan exuberantes ensoñaciones, debo decirle que ninguno de esos placeres me basta para levantarme de la cama antes de la una de la tarde, ni para darme el sueño a media madrugada. Usted, en cambio, sabe que abrir los ojos un poco más tarde supone la monserga de ser importunado por los policías del parque, y habrá días en que es el hambre la que lo hace madrugar. Por eso ahora se siente con la autoridad moral bastante para tacharme de “méndigo envidioso” sólo porque no me ha dado la gana socorrerlo. Es decir, por no querer compartir con usted, que ruge de hambre, algo de mi exquisita inapetencia.

¿Qué me diría usted si yo ahora mismo le pidiera una rebanada de hambre? ¿Se reiría, tal vez? ¿Me consideraría un méndigo desquiciado? ¿Creería que se trata de una estrategma para negarle las monedas que me pide? En uno u otro caso, le aseguro que no podría socorrerme. Puesto que, a diferencia de las riquezas, el hambre no se puede compartir. Y créame que a mí me falta en la misma medida que usted carece de lo supuestamente elemental. Sólo que medio mundo se empeña en socorrer a los hambrientos, mientras por los inapetentes no hay quien levante la voz.

Pongámoslo bien claro: el díscolo soy yo y el envidioso usted. Y como dudo mucho que mi pobre dinero sirva para reparar ninguna de las dos calamidades, lo único que puedo prometerle es que llegando a mi casa pediré que sirvan esa cena abundante y envidiable con la que quizás usted soñará hoy, y trataré de devorarla con el hambre que dice padecer. Así, quedaré libre del 50% de su insulto: seré méndigo pero ya no envidioso. Y puede que mañana se me ocurra repartir unas cuantas monedas entre algunos mendigos que no serán usted, con lo cual quedaré libre del 100% de las responsabilidades que trata de endilgarme. En tanto, espero no le afecte que me acabe de un trago la Coca Cola gélida de la que no me da la gana convidarle ni un méndigo centímetro cúbico.

¿Sabe qué es lo más feo de ser díscolo? Que uno acaba encontrado bienestar en la envidia podrida de los otros. Y yo disfruto enormemente los ojos que usted le echa a mi cartera, a mi reloj, a mi exquisita Coca Cola helada. De manera que ya puede irse en paz: ha hecho su buena obra de este día.